La nueva película de Maggie Gyllenhaal tiene algo que se agradece desde el primer momento: una primera hora que no tiene desperdicio. Es un inicio atmosférico, misterioso y profundamente original.

La cinta abre con un preludio inquietante donde aparece el fantasma de Mary Shelley, o quizá su alma en pena. La escritora toma posesión de una mujer llamada Aida, que es reanimada en una escena que mezcla lo sobrenatural con lo poético. Desde ese momento entendemos que esta historia no pretende ser una adaptación convencional del mito de Frankenstein, sino una reflexión sobre la creación, el amor y la soledad.

El guion, en esta primera parte, se siente arriesgado y fresco. La ejecución de Jessie Buckley es particularmente notable: su interpretación tiene fragilidad y misterio, como si el personaje habitara entre dos mundos.

Pero el corazón de la película está en la torpeza del propio monstruo. El Frankenstein (Christian Bale) de esta historia desea algo profundamente humano: no quiere dominar el mundo, quiere compañía. Quiere una novia, aunque ni siquiera sabe cómo acercarse a ella. Hay algo en esa incomodidad, en esa forma torpe de amar, que resulta inesperadamente tierno.

¿Quién no ha sentido alguna vez esa sensación de reconocer al otro como si fueran las únicas dos criaturas en el mundo? Ese momento en que parece que nadie más existe, que nada más importa.

Frank lo dice con claridad: la soledad es una agonía. No busca solo placer, busca una pareja.

Por eso acude a una científica que ha estudiado la reanimación y le pide que le ayude a crear una compañera. El proceso tiene algo de profanación y de milagro: excavan en un cementerio, eligen un cuerpo sin siquiera conocer su rostro. Pero cuando llega el momento de la reanimación, Frank ve su cara y duda. Es demasiado hermosa.

La mujer despierta sin memoria. No recuerda su nombre, su pasado, ni quién fue antes. Y es entonces cuando ocurre algo cercano a la magia: dos criaturas que no encajan en el mundo se reconocen.

Durante esa primera parte, la película encuentra un ritmo encantador. Los monstruos recorren el mundo, descubren la vida, visitan salas de cine casi a diario. Hay una especie de inocencia extraña en su relación, como si el amor fuera un descubrimiento que apenas están aprendiendo a nombrar.

Sin embargo, la película cambia de rumbo. La historia introduce un giro en el que la mujer monstruo provoca, con un baile escandaloso, una especie de revolución feminista que incita a las mujeres a levantarse por la igualdad.

La intención es interesante, pero el resultado se siente forzado. Ese nuevo eje temático termina debilitando lo que hacía especial a la película: la historia de dos monstruos enamorados.

Aida pierde fuerza como personaje. Incluso el fantasma de Mary Shelley, que al principio parecía el hilo invisible que guiaba la narración, se desdibuja.

La pieza que menos encaja es el personaje interpretado por Penélope Cruz, presentada como la primera detective de Nueva York. Su presencia no termina de integrarse al universo de la película y contribuye a que el relato se disperse.

Al final queda una sensación extraña: la película debió terminar antes, justo cuando el misterio y la atmósfera fantasmal estaban en su punto más alto.

Eso no significa que sea una mala película. La novia tiene ideas fascinantes, momentos visuales potentes y una primera hora realmente memorable. Pero no logra mantener la misma fuerza narrativa.

Aun así, vale la pena verla. Porque en medio de sus irregularidades hay algo hermoso: la historia de dos criaturas que descubren que, incluso para los monstruos, la soledad puede ser la peor condena.

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