Acabamos de salir del cine y, honestamente, las sensaciones son encontradas. No, no es una película «maravillosa» , pero quizás es porque duele ver la realidad. Han pasado 20 años y el mundo no solo cambió de temporada; cambió de piel.

Del papel satinado al algoritmo

Hubo un tiempo en que lo que decía Miranda Priestly en las páginas de Runway era ley. Hoy, la ley la dicta un código invisible. La secuela nos muestra una verdad incómoda: el poder ya no está en las manos del «diablo», está en el algoritmo. Runway ya no marca la pauta; ahora mendiga clics y sobrevive gracias a anunciantes.

La caída de un mito: Miranda en clase turista

Lo que más impacta (y lo que nos hace sentir que el poder se escurre como arena) es ver la humanización —o más bien, la precarización— de Miranda Priestly.

  • ¿Miranda colgando su propio abrigo?
  • ¿Comiendo en la cafetería de empleados?
  • ¿Viajando en clase turista a Italia?

Es un golpe de realidad. La industria ha decidido poner su dinero en la inmediatez de lo viral, obligando a todos a parecer iguales, pero Miranda no encaja en ese molde. Verla navegar un ecosistema que premia el clic rápido por encima del criterio artístico nos muestra el fin de una era. Su impecable «lujo silencioso» no es solo estilo, es la armadura de quien se sabe el último soldado de una guerra perdida contra la uniformidad del algoritmo.

El cierre del círculo: Andy y el libro

El gran guiño meta-referencial de la película es, sin duda, su conexión con la realidad. Todos sabemos que la historia original nació de las páginas de un libro inspirado en la editora de Vogue. En esta secuela, el cierre es poético y cínico a la vez: Miranda no solo sabe que Andy escribirá su historia, sino que le da su bendición.

«Escribe mi historia, cuéntalo todo». Es el reconocimiento final de que el éxito tiene un precio altísimo y que, en un mundo digital donde todo es efímero, lo único que queda es la narrativa. Miranda prefiere ser inmortalizada en un libro que morir olvidada en un feed de Instagram.

Veredicto Lovet: La película no busca el encanto de la primera, sino que nos obliga a presenciar el ocaso de una deidad de la moda frente a la tiranía de lo viral. Miranda Priestly ha comprendido que, en un mundo que prefiere lo inmediato por encima de lo excepcional, su única salida es la posteridad. El diablo ya no viste de Prada por placer, ahora lo hace para sobrevivir al olvido, dándole a Andy el permiso de contar su historia. Porque si algo nos queda claro tras los créditos es que el mundo merece saber que el éxito siempre tiene un precio.

Gracias a Cinépolis por la invitación.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *