Estoy sentada en la mesa de un café trabajando en mi laptop porque en mi casa no hay luz. A mi lado, dos chicas conversan. No puedo evitar escucharlas. No conozco sus nombres, ni su historia completa. Solo fragmentos. Pedazos de una ruptura.

—¿Cómo puedes seguir hablándole después de todo lo que te hizo? —dice una.

La otra guarda silencio unos segundos. Luego explica que su ex le escribía a una amiga suya mientras seguían siendo pareja. La amiga le mandaba capturas de pantalla. Cada mensaje era una pequeña puñalada digital.

—Sé que le gusto —dice—. Siempre tuvo detalles bonitos… pero también le gusta mi amiga.

La conversación avanza entre incredulidad y resignación.

—¿Y si hay más chicas?
—No sé.
—Pero las otras no te mandan capturas…

Finalmente llegó el momento de la ruptura. Las capturas sobre la mesa. La evidencia convertida en final.

Entonces llega la pregunta inevitable:

—Si terminaron… ¿por qué le sigues hablando?

Silencio.

Y luego la frase que me hace levantar la mirada de la pantalla:

—¿Se puede ser amiga de un cucaracho?

Las historias de amor empiezan rosas.
Luego se vuelven azules.
Y algunas terminan negras.

Hay parejas que logran sobrevivir a la ruptura y convertirse en amigos.

Pero cuando hubo mentiras, mensajes escondidos y traiciones pequeñas —de esas que llegan en forma de captura de pantalla—, la amistad suena menos a madurez y más a costumbre.

Desde mi mesa del café sigo pensando en la frase que escuché.

Tal vez sí se puede ser amiga de un cucaracho.

Pero la verdadera señal de amor propio
es dejar de vivir en lugares donde aparecen cucarachos.

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