Cumbres Borrascosas (2026, Reino Unido, 136min) Directora: Emerald Fennell.
Se han escrito mil reseñas sobre esta nueva adaptación de Cumbres Borrascosas de Emily Brontë.
Sobre el casting. Sobre la “infidelidad”. Sobre la sensualidad excesiva.
Así que partamos desde otro lugar: el mío.
No he leído la novela completa.
No vengo a defender la literalidad.
Vengo a hablar de lo que la película hace.
Y lo que hace es convertir la obsesión en cuerpo.
Lo que sí respeta
La estructura central permanece:
Heathcliff es el marginado resentido.
Catherine elige estatus sobre pasión.
Isabella se enamora contra toda advertencia.
La película no cambia el esqueleto narrativo.
Cambia el tono.
En la novela, el conflicto es emocional, social y psicológico.
Aquí, la directora decide traducirlo en tensión física constante.
Donde el libro sugiere, la película muestra.
Donde el libro contiene, la película expone.

¿Dónde se toma libertades?
- El cuerpo como lenguaje principal.
Esta versión enfatiza el deseo explícito. No es la contención victoriana; es la fricción contemporánea. - La agencia de Isabella.
En el texto original, Isabella es más ingenua que erótica.
Aquí, escucha la advertencia (“te trataré mal”, “no te amo”) y aun así se acerca. No hay engaño. Hay consentimiento incómodo. - Heathcliff como objeto de deseo.
En el libro, su marginalidad racial y social es central.
En esta versión, esa ambigüedad se diluye y se privilegia su potencia erótica. La conversación cambia de opresión a magnetismo.
El verdadero riesgo de la película
No es el casting.
No es la sensualidad.
Es que filma dinámicas de poder sin moralizar.
La cámara no castiga de inmediato.
Observa.
Eso incomoda más que cualquier escena “soft”.
Y entonces… ¿traición o reinterpretación?
Si se busca fidelidad absoluta, esta adaptación frustra.
La pregunta no es si es igual al libro.
La pregunta es si dialoga con el presente.
Y lo hace, aunque moleste.
¿Emily Brontë se revolcaría en su tumba?
Probablemente le incomodaría la explicitud.
Pero también escribió una novela escandalosa para su época.
Wuthering Heights fue considerada violenta, inmoral y excesiva en 1847.
No era una historia “correcta”.
Quizá lo más fiel de esta versión no es la trama, sino la incomodidad que provoca.
Y eso, más que la estética, es lo que mantiene viva una obra.

Mención aparte merecen Owen Cooper y Ava McCarthy, absolutamente brillantes. La decisión de mostrarnos a Catherine y Heathcliff desde la infancia no es un simple recurso narrativo: es la raíz emocional de todo. En Cooper ya se percibe esa intensidad silenciosa, esa necesidad casi instintiva de protegerla, mientras McCarthy construye una Catherine luminosa y dominante al mismo tiempo. La complicidad entre ambos tiene una inocencia salvaje que vuelve inevitable su vínculo. Por eso resulta tan perturbador el momento en que se instala la frase “él es tu mascota”: no es un juego infantil, es una jerarquía sembrada desde la niñez. Ahí ocurre el verdadero corto circuito. Entre ternura y humillación nace la herida que más tarde se transformará en obsesión.
Calificación Lovet: 7/10
No por perfecta.
Sino por atreverse.


