Por Bárbara Arriaga
La Muerte de Robin Hood (2026, ,2h 2min) Director y Guion: Michael Sarnoski
Durante siglos, Robin Hood ha sido presentado como un héroe popular, un forajido noble que roba a los ricos para ayudar a los pobres. La tradición oral, la literatura y el cine han construido una figura casi incuestionable, envuelta en un halo romántico donde la justicia parece justificar cualquier acto. La muerte de Robin Hood decide desmontar esa visión y preguntarse algo incómodo: ¿qué ocurre cuando observamos al mito desde la perspectiva de sus víctimas?
La película desmitifica a su protagonista con una mirada tan esperable como necesaria. Nos enfrenta a las consecuencias de una vida construida sobre la violencia, el robo y la muerte. ¿Eran realmente villanos todos aquellos a quienes Robin despojó? ¿Merecían la muerte quienes poseían más riquezas? ¿Qué ocurrió con las familias que quedaron atrás? La cinta abandona el relato infantil para explorar las zonas grises de un personaje que durante demasiado tiempo fue retratado como un héroe sin contradicciones.

Hugh Jackman entrega una interpretación extraordinaria. Su Robin —aquí conocido como Randolph— es un hombre envejecido, perseguido por sus recuerdos y desgastado por el peso de la culpa. Ya no queda nada del aventurero invencible; lo que vemos es a un hombre que busca reconciliarse con su pasado y encontrar una forma de redención en una muerte que considera merecida.
Uno de los mayores aciertos de la película es la presencia de Bill Skarsgård como Little John, o Edward. Su interpretación aporta humanidad, ironía y profundidad emocional a una historia marcada por el arrepentimiento. La relación entre ambos personajes ofrece algunos de los momentos más sólidos del filme. No es casual que, tras la salida de Skarsgård de la narrativa, la película pierda parte de su impulso dramático y comience a sentirse más lenta e incluso anticlimática.
El problema no radica en la ausencia de escenas de acción. La película nunca pretende ser una aventura épica, sino el retrato crepuscular de un hombre enfrentado a sus propios fantasmas. Sin embargo, el drama que ocupa ese espacio no siempre logra sostener el peso de la historia.
Buena parte de esa responsabilidad recae en la relación entre Randolph y la priora Hermana Brigid, interpretada por Jodie Comer. La actriz ofrece una actuación comprometida y sensible, pero el personaje parece concebido como una figura de sabiduría espiritual cuya juventud termina jugando en contra de la credibilidad dramática de la propuesta. Resulta inevitable imaginar cómo habría funcionado esa dinámica con intérpretes como Samantha Morton, Julianne Moore o Susan Sarandon, actrices cuya presencia podría haber establecido un diálogo más equilibrado con el cansancio existencial y la experiencia que transmite Jackman.
La película también incorpora decisiones narrativas cuestionables. Una atracción romántica apenas insinuada entre la joven priora y el envejecido Randolph, así como una escena de masturbación femenina que parece más interesada en provocar que en aportar significado a la trama, terminan distrayendo de los conflictos centrales del relato.
Afortunadamente, el filme recupera su rumbo en el desenlace. La búsqueda de redención encuentra sentido cuando Robin logra evitar que un joven repita sus errores, ofrece guía a la hija huérfana de Little John y contribuye a sanar, aunque sea parcialmente, el dolor de quienes quedaron marcados por la violencia de su pasado.
La muerte de Robin Hood no busca celebrar una leyenda, sino cuestionarla. Su mayor virtud consiste en recordarnos que detrás de cada héroe construido por la historia existen heridas, víctimas y consecuencias. Aunque su ritmo irregular y algunas decisiones narrativas impiden que alcance toda la profundidad que promete, la película consigue algo mucho más valioso: obligarnos a mirar de frente a un mito y preguntarnos si realmente era el hombre que creíamos conocer.

