SOLO PARA CINÉFILOS. Películas para ver en Semana Santa.

La fe entre la belleza y la crueldad

En el cine, pocas películas logran sostener al mismo tiempo lo sublime y el dolor como en The Mission. Dirigida por Roland Joffé, esta obra de 1986 no es solo una historia sobre religión o colonización, sino una experiencia sensorial donde la fe, la culpa y el poder se entrelazan en un paisaje tan bello como implacable de las Cataratas de Igazú. Desde su primer plano, la película no se observa: se atraviesa. Hay una densidad en el aire, en la humedad, en el sonido del agua, que convierte cada escena en un ritual visual.

Visualmente, es una obra de una precisión casi espiritual. La fotografía de Chris Menges —premiada con el Oscar— captura la selva como un organismo vivo: luz filtrada entre hojas, niebla suspendida, agua que cae con violencia vertical. Los encuadres son amplios pero íntimos; los movimientos de cámara, contenidos pero profundamente inmersivos. Las locaciones reales en Colombia y Argentina no solo aportan autenticidad, sino también riesgo: lluvias torrenciales, calor sofocante, enfermedades en el equipo y una geografía casi inaccesible que se cuidó en cada plano. No hay artificio posible cuando el entorno mismo impone su carácter.

En ese escenario, la música de Ennio Morricone no acompañó: elevó. Pocas bandas sonoras han alcanzado ese equilibrio entre lo sacro y humano. El oboe —ese sonido casi frágil— se convierte en un gesto político y espiritual: una Biblia y un instrumento frente a la violencia estructural del colonialismo. La música no solo define el tono emocional, sino que construye una identidad colectiva dentro del relato, particularmente en la relación con las comunidades indígenas y su apropiación de lo musical.

El trasfondo histórico —inspirado en textos como Las ciudades perdidas del Paraguay— aporta una dimensión adicional que evita que la película caiga en simplificaciones. Las reducciones jesuíticas, surgidas en el contexto del Tratado de Madrid, funcionan aquí como una utopía frágil: un intento de convivencia espiritual que inevitablemente colisiona con la economía de la esclavitud. Joffé no moraliza; observa cómo dos sistemas de poder —religioso y colonial— se entrelazan, se contradicen y terminan por romper aquello que intentaban proteger.

Las actuaciones son igualmente absorbentes. Robert De Niro construye a Mendoza desde el cuerpo: su transformación no es solo narrativa, es física, casi penitencial. Su ascenso por la catarata —real, sin dobles— es una de las imágenes más poderosas del cine sobre redención. Jeremy Irons, en contraste, encarna a Gabriel desde la serenidad y una fe que no necesita imponerse. Ambos actores se prepararon de forma casi inmersiva: De Niro obsesivamente involucrado en el proceso, Irons conviviendo con misioneros para construir su personaje. Dos presencias, dos formas de entender la fe.

Desde una lectura psicodinámica de los personajes, Mendoza representa una estructura marcada por la culpa y la reparación: un sujeto que intenta transformar la violencia en redención, pero que nunca logra abandonar del todo su pulsión destructiva. Su arco sugiere una oscilación entre posiciones esquizoparanoides y depresivas, en términos kleinianos, donde la reparación no logra integrar completamente el daño. Gabriel, por otro lado, encarna una estructura más integrada, con una ética interna sólida y una relación con el otro basada en el cuidado más que en la dominación. A nivel de psiquiatría social, la película expone con claridad cómo los sistemas coloniales no solo explotan cuerpos, sino que configuran subjetividades: quién puede ser salvado, quién puede ser sacrificado.

THE MISSION, foreground, center: Daniel Berrigan (gray hair), Robert De Niro (center), Jeremy Irons, Liam Neeson, 1986, (c) Warner Brothers/courtesy

La misión fue reconocida con la Palma de Oro en Cannes y múltiples nominaciones al Oscar —incluyendo mejor película y director—, aunque solo obtuvo el de fotografía. Sin embargo, su verdadero legado no está en los premios, sino en su permanencia. Es una película que sigue incomodando porque no ofrece respuestas fáciles: ¿es posible una fe sin violencia? ¿puede la redención individual sobrevivir a la injusticia estructural? En esa tensión —entre la belleza y la crueldad— reside su elegancia más profunda.

Véanla y me dicen qué les pareció. Felices Pascuas.

Por Dra. Lena Libertad

La Dra. Lena Libertad es médico y neurocientífico con especialidad en Psiquiatría además de amante del cine y de las artes desde temprana edad

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