SOLO PARA CINÉFILOS. Películas para ver en Semana Santa.

Seducción estratégica
Ser la conquistadora de 2 de los hombres más poderosos no logra cualquiera y tampoco protagonizar un filme miles de años después de su muerte, Si alguna vez Hollywood quiso demostrar que el exceso también podía ser arte, esa película fue Cleopatra. Dirigida por Joseph L. Mankiewicz, esta superproducción de 1963 no solo convirtió a Elizabeth Taylor en mito absoluto, sino que prácticamente se volvió una leyenda por sí sola: fue la película más cara de su época, puso a 20th Century Fox al borde del colapso financiero y terminó siendo más famosa que muchas coronaciones reales. Originalmente pensada como dos películas —Caesar and Cleopatra y Antony and Cleopatra— terminó condensada en un solo filme, también porque el romance entre Taylor y Richard Burton estaba vendiendo más que cualquier estrategia de marketing. Y sí: Elizabeth Taylor se convirtió aquí en la primera actriz en cobrar un millón de dólares por una película.
Visualmente, Cleopatra no fue discreta ni correcta: fue deslumbrante. Filmada entre Cinecittà Studios, Roma, Ischia y parte de España tras abandonar su accidentado arranque en Londres, la película se despliega como una pasarela de mármol, dorado y humo perfumado. Se construyeron 79 sets y alrededor de 26,000 vestuarios, con más de 65 cambios de vestuario solo para Taylor, lo que convirtió a la película en una especie de fantasía entre Egipto ptolemaico y alta costura sesentera. ¿Históricamente exacto? No particularmente. ¿Visualmente inolvidable? En lo absoluto. La entrada de Cleopatra a Roma sigue siendo una de las escenas más camp y maximalistas de la historia del cine, incluso si históricamente es muy poco probable que algo así hubiera ocurrido dentro del foro romano.
Y, sin embargo, aquí viene lo interesante: aunque la estética esté claramente filtrada por el glamour de los años 60, la película sí conserva cierta fidelidad general en la gran línea narrativa de Cleopatra: su alianza con Julius Caesar, su relación con Marco Antonio, la disputa por el poder y la caída frente a Octavio. Lo que no sostiene del todo son algunos detalles de representación: Cleopatra probablemente no habría hecho esa entrada triunfal al centro político de Roma, Caesarion probablemente era más pequeño de lo que vemos en pantalla y el diseño visual mezcla sin pudor referencias egipcias, helenísticas y sesenteras. Pero esta no es una película para arqueólogos de mal humor. Es cine histórico entendido como fantasía política, como performance de poder, como espectáculo sobre la construcción de una mujer convertida en símbolo.

Ahora bien, como personaje, Cleopatra sí merece una lectura más fina. La versión de Taylor no se siente como una simple seductora, sino como una mujer de inteligencia estratégica, intensamente vanidosa pero no vacía, profundamente orientada al poder, a la supervivencia y al control del vínculo. Desde una lectura psicodinámica, puede pensarse como una estructura de personalidad altamente organizada, con rasgos narcisistas funcionales, gran capacidad de mentalización política y un uso muy sofisticado del deseo como herramienta diplomática.
No es solo “femme fatale”; es una líder que entiende que, en un mundo gobernado por hombres imperiales, su cuerpo, su lenguaje, su teatralidad y su maternidad son también recursos de Estado. Caesar, por su parte, aparece como una figura paterna de poder estabilizador, casi superyoico, mientras que Antonio encarna una configuración más impulsiva, grandiosa y afectivamente desbordada: menos estratega, más pasión y ruina. A nivel de psiquiatría social, la película sigue siendo relevante porque deja claro algo incómodo: la historia suele llamar “seducción” a lo que muchas veces fue simplemente una mujer usando inteligencia dentro de un sistema profundamente patriarcal.

También hay que decirlo: parte del encanto de Cleopatra está en su caos. Elizabeth Taylor casi muere de neumonía durante el rodaje y necesitó una traqueostomía; la producción se mudó de Londres a Roma por su salud; el estudio le enviaba chili desde Beverly Hills para mantenerla feliz; y aunque la película fue la más taquillera de 1963, su presupuesto la convirtió simultáneamente en éxito y desastre. Aun así, fue nominada a 9 premios Oscar y ganó 4: Mejor Fotografía, Mejor Dirección de Arte, Mejor Vestuario y Mejores Efectos Visuales. También obtuvo reconocimiento por su diseño monumental y por haber convertido la extravagancia en lenguaje cinematográfico. No es una película perfecta —ni remotamente—, pero sí una de esas rarezas magníficas donde el cine clásico se excede tanto que termina tocando algo parecido a la inmortalidad.
¿Quieres saber más sobre Cleopatra? Vean la película y hablamos de cuántos idiomas dominaba en los comentarios.
