Por: Marisa Lovet

El 10 de mayo es una fecha que arde. Brilla con flores, desayunos a la cama y poemas cursis, pero también raspa. ¿Qué celebramos cuando decimos “feliz Día de las Madres”? ¿Celebramos el sacrificio, la abnegación, la maternidad perfecta que nos vendieron? ¿O empezamos ya —al menos algunas— a celebrar el acto radical de criar desde la honestidad, la ternura que se construye con dudas, con errores, con verdad?

Ser madre en 2025 es un acto político. Es exigir guarderías seguras, licencias dignas, una red de cuidados. Pero también es renunciar a la imagen de perfección. Ya no todas respondemos al llamado de la maternidad. Y quienes lo hacemos, queremos hacerlo con conciencia, no desde el sacrificio ciego. Queremos ser madres que también se eligen a sí mismas.

Mi peor recuerdo de infancia con mi madre es violento. Tenía ocho años, mi hermana cayó al golpearse con el borde de un clóset a medio construir. Ella gritó. Mi madre entró al cuarto, no preguntó. Me golpeó con una raqueta de juguete hasta que se rompió. No recuerdo qué pasó con mi hermana. Solo recuerdo la rabia y el desconcierto. Esa escena resume muchas otras. Nuestra relación fue difícil desde que tengo memoria.

Pero ahora, con el tiempo, veo con otros ojos. No todos los hijos nos caen bien, y aún así, criarlos, protegerlos, sostenerlos, es un acto valiente. Mi mamá no tuvo palabras dulces porque nunca las recibió. No me cantó arrullos, ni me cepilló el pelo con ternura. Pero me tuvo paciencia para enseñarme a leer y escribir que son dos cosas que amo profundamente. Me ayudó con mis tareas hasta donde su propio conocimiento alcanzó. Y cuando no podía más, llamaba a mi tío maestro para que me explicara.

Me enseñó a trabajar. A enfrentar la vergüenza. Me hacía vender empanadas de piña y cajeta que ella horneaba y cuando yo le decía que me daba pena, me respondía: “así, con vergüenza ve”. Eso me ha servido toda la vida: saber que el miedo y la vergüenza no se quitan, pero no te detienen. Mi madre fue una mujer de fe. Siempre se sirvió al final. Si solo quedaba un poco de comida, decía: “yo solo lo quería probar”. No nos dio lo que no tenía, pero nos dio todo lo que sí.

Y ese amor —aunque no encaje en la postal del 10 de mayo— también merece honrarse.

Mi mamá murió el 16 de enero de 2024. Desde entonces, he vuelto una y otra vez a su memoria: a sus silencios, a sus enojos, a sus gestos de cuidado escondidos en formas duras. He entendido que el amor de madre no nos convierte por arte de magia en una máquina de amor incondicional. Que no todas somos hijas de “La Chorreada” del cine de oro mexicano, esa madre abnegada, perfecta, incansable. Y que eso está bien.

Ahora que soy madre de una mujer y dos varones, sé que maternar es también fallar, pedir perdón, ceder, insistir, elegir lo posible. Y que si no podemos aspirar a la perfección, sí podemos aspirar a la conciencia, a la ternura, a la reparación.

«Mi mamá me dio lo que tenía. Yo también estoy dando lo mejor de mí, con lo que soy, con lo que aprendí de ella, con lo que quiero hacer diferente y con lo que apenas voy entendiendo. Sé que mis hijos, algún día, recordarán —como yo— no sólo lo que les faltó, sino también lo que sí tuvieron.»

Porque todas hemos sido malas madres alguna vez. Y aún así, seguimos aquí. Aprendiendo. Sanando. Dando lo que sí tenemos.

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