Este sábado Monterrey fue testigo de una función incómoda, cruda y profundamente humana. El estreno de «Yo no soy Charlie», escrita por el dramaturgo Brayan Vindas y dirigida por Brayan Jair —quien además aparece en escena como un hombre vestido de pollo— nos llevó a los bordes más oscuros del alma. La función se presentó ante una sala llena en la Sala Experimental del Teatro de la Ciudad, y desde antes de las 6:30 ya se formaba una fila que daba gusto ver: un público joven, hambriento de teatro, de experiencias que los sacudan. La obra dio inicio a las 8PM

Un infierno onírico donde nadie se salva

La historia arranca con un hombre —Charlie, o mejor dicho, un hombre que no es Charlie— despojado de su ropa, física y simbólicamente. Una voz narradora nos cuenta que intentó suicidarse, pero falló. Lo siguiente es una espiral onírica de personajes rotos, visiones retorcidas y pasajes que cruzan el absurdo con el dolor existencial más profundo.

En su errancia, este hombre entra a una cantina de mala muerte, un antro pestilente donde una caguama cuesta absurdamente $80 pesos, y donde cada personaje parece sacado de un catálogo de miserias humanas: un policía, un sacerdote, un payaso, una mujer cantinero, un hombre con botarga de pollo, y una estrella que brilla en medio de todo el caos: ella, una chica de cabello dorado que hace lipstick y su presencia irradia fuerza escénica y se convierte en el anhelo, el espejismo, el respiro romántico del protagonista.

El reparto: maestría y contraste

Uno de los grandes aciertos de la obra es su reparto. Entre los actores consagrados se encuentra Reynol Guerra, quien da vida a un policía machista, violento, roto, que no duda en entregar partes de sí mismo con tal de que le reconozcan que “sí es hombre”. Su personaje es un retrato atroz de lo que culturalmente se nos ha dicho que “debe ser un hombre”, y Guerra lo interpreta con una brutalidad honesta, sin matices cómodos, lleno de memorias y heridas que sangran desde el deber ser masculino.

Sergio Duarte, por su parte, interpreta a un payaso grotesco, escatológico, casi monstruoso, que representa lo más bajo de la condición humana. Es una pesadilla viviente, el personaje más repulsivo del montaje, y justamente por eso, uno de los más efectivos. Su trabajo corporal, su entrega total, incomoda… y esa es precisamente la intención. (Tuve pesadillas con su risa malévola)

Y en medio de estos gigantes, aparece Gustavo Casas, el joven que interpreta al hombre que no es Charlie. Una promesa en construcción, que carga con la enorme tarea de sostener la obra junto a actores con todas las tablas posibles. Casas tiene momentos logrados, especialmente en su corporalidad, pero también se queda, a ratos, atrapado en la espiral onírica sin suficiente matiz emocional. No se trata de exagerar el drama, sino de adentrarse verdaderamente en ese abismo del dolor existencial, donde la muerte no es el objetivo, sino el alivio a un dolor que no se puede nombrar. Por momentos, se echa de menos una mayor generosidad emocional: ir al fondo, sin concesiones, sin temores, a ese infierno íntimo del que nadie te puede sacar, excepto tú mismo.

Un montaje que confronta y arriesga

La dirección de Brayan Jair es valiente y provocadora. La elección de montar esta obra en un espacio como la Sala Experimental no fue solo logística: transformó el teatro en una cantina, en un lugar oscuro donde la verdad de los personajes (y del público) emerge con todas sus miserias.

El texto de Vindas no busca redimir ni explicar. Es denso, a ratos hermético, cargado de imágenes simbólicas y pasajes absurdos. Las atmósferas oníricas, pesadas, hacen del montaje una experiencia mental, más que narrativa. La estructura fragmentada reta al espectador y lo arrastra a un estado de incomodidad que no es gratuito: es espejo de una realidad que preferimos evitar.

Entre todo ese lodo, brilla ella, la chica trans que hace lipstick, la que con su cuerpo y mirada ilumina la oscuridad emocional del protagonista. Su presencia escénica no solo equilibra la dureza del montaje, sino que nos regala momentos de calidez, fantasía, y hasta ternura.

El teatro como espejo roto

Yo no soy Charlie no es una obra cómoda, ni busca serlo. Es un viaje emocional, existencial, simbólico y teatral que nos lanza preguntas que no tienen respuesta: ¿qué pasa cuando el dolor no te deja vivir? ¿Qué queda de ti cuando ya no quieres morir, pero tampoco puedes seguir? ¿Quiénes somos cuando ya no somos lo que los demás esperan?

La puesta tiene la oportunidad de crecer, de ajustarse, de encontrar más profundidad en ciertos momentos, pero lo que ya logra es contundente: nos enfrenta con lo que somos cuando nadie nos ve, y eso, en escena, siempre será poderoso.

Bravo por atreverse. Bravo por confrontar. Bravo por hacernos sentir.

Obra: Yo no soy Charlie o la melancolía de una lengua en formol
Texto: Brayan Vindas
Dirección: Brayan Jair
Lugar del estreno: Sala Experimental, Teatro de la Ciudad, Monterrey, N.L.
Elenco: Gustavo Casas, Reynol Guerra, Sergio Duarte, Brayan Jair, Compañía: Teatro Garage 23


Duración aproximada: 75 minutos
Recomendación: Público adulto, emocionalmente dispuesto a descender a los márgenes de la condición humana.

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