Este domingo, en el majestuoso Teatro Espacio Rogelio Villarreal Elizondo, la Compañía de Teatro de la Facultad de Artes Escénicas de la UANL nos regaló una experiencia que trasciende el teatro: «LA ODISEA», bajo la dirección visionaria de Rennier Piñero, cerró temporada con una función que fue, literalmente, un viaje emocional y estético de alto calibre.
El regreso de Ulises: fuerza, cuerpo y alma
En el papel del legendario héroe griego, Diego de Lira ofrece una actuación poderosa, matizada, física y profundamente humana. Su interpretación de Ulises no sólo encarna al guerrero que enfrenta monstruos y tempestades, sino también al hombre dividido entre la seducción de la diosa Circe, la ninfa Calypso y el amor inquebrantable por su esposa Penélope, a quien no deja de anhelar en sus 20 años de ausencia. El desnudo frontal que presenta, lejos de ser gratuito, es un acto simbólico de vulnerabilidad y entrega: la desnudez del alma en medio del viaje.
Multimedia, iluminación y música: un mar de recursos escénicos
La puesta en escena brilla también gracias al impecable diseño de iluminación de Gerardo Valdez. La luz se convierte en narrativa, en atmósfera y en símbolo, guiándonos por cada pasaje de este viaje homérico.
A esto se suma el uso sutil y eficaz de la multimedia, a cargo de Samuel Cepeda, que nos transporta visualmente al mundo mítico con proyecciones de cascadas, criaturas y el imponente Cíclope, interpretado con maestría por Víctor Martínez, cuya presencia digital y vocal fue imponente.
La música en vivo, dirigida e interpretada por Ángel Miguel, fue otro de los grandes aciertos. No acompañó la obra: la habitó. Su voz, los instrumentos, los silencios, todos se entretejieron como parte del tejido mítico que envolvía cada escena.
Escenografía viva, cuerpos intensos, emoción a flor de piel
El espacio escénico, tipo arena, permitió una cercanía sensorial con el público. Sentados alrededor del escenario, fuimos testigos —y parte— de la odisea. El diseño del suelo, con espuma desgarrada en tonos azulados y verdes, evocando esa línea difusa entre lo real y lo mítico.
Entre el elenco, destaca también Zaira Roche, como Penélope, cuya voz al cantar y su fuerza interpretativa al defender el trono de Ítaca con dignidad y dolor fue conmovedora. Santiago Jaramillo fue otro de los grandes regalos de la noche, interpretando varios personajes, incluido Argos, el perro de Ulises. Su escena final —reconociendo a su amo y muriendo en sus brazos— fue una de las más bellas y memorables de la función.
Un director, una visión
El mayor reconocimiento, sin embargo, va para Rennier Piñero, quien no solo dirige, sino orquesta un viaje escénico de más de dos horas con ritmo, profundidad y belleza. Su capacidad de fusionar la fuerza del texto clásico con el lenguaje contemporáneo del cuerpo, la imagen y el sonido es admirable.
La adaptación, basada en el texto de Homero y llevada a escena a partir de la versión de Alberto Conejero, es inteligente y poética. Una dramaturgia que conserva la esencia épica, pero que nos habla desde el presente: sobre el exilio, la fidelidad, el cuerpo y la memoria.
Una despedida… ¿temporal?
“La Odisea” cerró su temporada este domingo, pero la calidad de esta producción merece ser vista muchas veces más. Es urgente que vuelva, que recorra escenarios, que se instale en festivales y espacios culturales de todo el país. Porque pocas veces el teatro universitario se siente tan profesional, tan vivo y tan necesario.
Si los dioses del Olimpo están de nuestro lado, esta Odisea apenas comienza.
