En el marco del Centenario del natalicio de Emilio Carballido, el Aula Magna del Colegio Civil se vistió de fiesta para presentar Rosalba y los Llaveros, una de las obras más entrañables del dramaturgo veracruzano. La función, parte del Festival Alfonsino, reunió a una audiencia entusiasta que llenó la sala por completo. Entre los asistentes destacaron figuras del gremio teatral como el maestro decano Luis Martín, el dramaturgo y director Hernán Galindo, y el director Reinner Piñeiro, a quien aún aplaudimos por su impecable montaje de La Odisea el fin de semana anterior.

La puesta, dirigida por Serge Villaro, nos transportó al corazón de un pueblo mexicano a través de una escenografía costumbrista: una sala tradicional decorada con retratos familiares que parecían observar cada movimiento. Es allí donde Rosalba y su madre, tras 25 años de ausencia, regresan a su pueblo natal para encontrarse con una familia que ha permanecido estancada en los prejuicios, el silencio y las apariencias.

Uno a uno, los miembros de la familia van desfilando por el escenario: el padre, la madre, la hija soltera Rita, la criada y su hija, el hijo mayor Lázaro —a quien todos evitan mirar o nombrar—, además del aguador (interpretado por el propio director), el pretendiente de Rita, y la inolvidable tía incómoda, Nativitas. Esta última, encarnada por la talentosa Zaira Rocha, junto con su otro personaje Soledad, hermana del pretendiente, ofreció algunos de los momentos más hilarantes de la obra, recordando el humor físico y absurdo de los grandes del cine de oro mexicano como Cantinflas, Tin Tan o Resortes.

Carballido construye una comedia inteligente y aguda, en la que la crítica a la clase media mexicana y sus máscaras sociales se entrelaza con la ternura de personajes entrañables y situaciones absurdas. Nada es lo que parece en esta familia de provincia que guarda secretos que, más que ocultarse, se gritan en cada gesto, cada silencio y cada enredo.

La función fue, además de una celebración del teatro, un acto de memoria viva. Un homenaje que no solo nos hizo reír, sino también pensar: ¿Quién cambió en esta visita? ¿Rosalba, los Llaveros… o acaso nosotros, los espectadores?

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