La película refleja una tensión permanente: la injusticia funciona como un espejo roto del régimen autoritario. En esas grietas se cuelan el miedo, la rabia y una cotidianidad convertida en campo de batalla. Aún es de noche en Caracas, dirigida por Marité Ugás y Mariana Rondón, no es solo un thriller de supervivencia: es un testimonio vivo de lo que significa habitar un país donde el futuro ha sido confiscado.
Basada en la novela La hija de la española de Karina Sainz Borgo, la cinta nos sitúa en la Caracas de 2017, durante las protestas que dejaron más de cien muertos y un tejido social desgarrado. Adelaida, interpretada con una contención admirable por Natalia Reyes, acaba de perder a su madre y con ella el último territorio seguro. Su departamento es tomado por mujeres afines al régimen y la protagonista queda reducida a una sombra que debe esconderse para seguir respirando. La identidad, el hogar y hasta el nombre propio se vuelven lujos imposibles.
Ugás y Rondón filman la ciudad como un organismo enfermo: pasillos que parecen trampas, calles donde la violencia es un idioma común, interiores asfixiantes que recuerdan que el peligro ya no viene de afuera, sino que vive puerta con puerta. Las buenas actuaciones logran un fuerte testimonio; el dolor se narra desde una sequedad casi documental que estremece y no concede consuelo fácil.
El estreno en México ocurre en un momento de alta resonancia política. Mientras el conflicto entre el gobierno de Nicolás Maduro y la comunidad internacional se recrudece, la película adquiere un eco incómodo: el exilio, la migración forzada y la normalización del abuso de poder ya no son conceptos lejanos, sino realidades compartidas por toda América Latina.

Con Édgar Ramírez como productor y un recorrido por festivales como Venecia, Toronto y Morelia, el filme confirma que el cine latinoamericano puede dialogar de tú a tú con el mundo sin renunciar a su herida. No hay héroes épicos, solo gente común tratando de no desaparecer.
La vi de noche, acompañada, y aun así sentí que la sala se volvía un lugar demasiado pequeño. Hubo momentos en que quise desviar la mirada, como si observar a Adelaida fuera invadir la intimidad de alguien real. Salí con el cuerpo inquieto, pensando en las casas que dejan de ser refugio, en las ciudades que aprenden a respirar con miedo.
Aún es de noche en Caracas incomoda porque reconoce lo evidente: el autoritarismo se instala en la vida mínima —en la nevera vacía, en la puerta que se patea, en el cuerpo que aprende a agachar la cabeza—. Y una entiende, con un escalofrío, que esa noche no pertenece solo a Venezuela: también nos mira a nosotros.
Gracias a Cinépolis Distribución por la invitación a la premier, desde hoy esta en cartelera.


