Llegó a las salas uno de los estrenos más importantes del año, animación cien por ciento mexicana, Soy Frankelda emerge como una obra de arte que celebra la creación misma: escribir, imaginar y resistir. Tras su éxito como serie en HBO, llega ahora como una película Dirigida por Roy y Arturo Ambriz, la película confirma el sello distintivo de Cinema Fantasma: una técnica de stop motion minuciosa, artesanal y profundamente emocional, donde cada textura respira.

La historia nos presenta a Francisca, una niña marcada por la pérdida y la represión. Tras la muerte de su madre, es criada por una abuela severa que castiga su impulso de escribir, repitiendo una sentencia tan antigua como injusta: “las niñas no pueden ser escritoras.” Pero Francisca —como toda futura artista— desobedece. Escribe, imagina, se rebela. En esa desobediencia nace Frankelda, su alter ego, su sombra, su fuego interior. Con el poder de su pluma crea un mundo de pesadillas, en el habitan monstruos, sustos, seres en otro plano existencial, ese mundo esta en peligro porque es alimentado por historias, el pesadillero real un personaje tarantulesco, es el encargado de escribir historias de terror y misterio que sostienen el equilibrio de ambos mundos, pero al llegar un punto en el que se encuentra ciclado, sin más ideas, recurre al plagio y roba historias de Frankelda.

Lo que sigue es una fábula gótica sobre el poder del arte para sobrevivir al dolor. Soy Frankelda nos lleva al siglo XIX, pero también a los rincones más íntimos de la mente creativa: el espacio donde los monstruos son metáforas de la culpa, la soledad y el deseo de ser escuchada. La película abraza la oscuridad, pero nunca la desesperanza; incluso en su estética lúgubre hay un destello de belleza que recuerda que imaginar también es una forma de libertad.

Técnicamente, la película es impecable. La iluminación, el diseño de producción y la fluidez del stop motion son prueba del cuidado obsesivo con que Cinema Fantasma trabaja cada cuadro. El resultado es una experiencia visual hipnótica, que honra la tradición artesanal y la impulsa hacia una poética moderna.

Sin embargo, en su ambición estética y emocional, Soy Frankelda cae por momentos en el exceso musical. Las canciones, aunque bellas y bien interpretadas, saturan la narrativa hasta rozar el terreno del musical, restando fuerza a los silencios que podrían decir más que cualquier verso cantado.

Aun así, el mensaje prevalece: Frankelda no solo escribe para existir; escribe para romper la maldición del silencio impuesto a las mujeres creadoras. En ese gesto, la película se convierte en un homenaje a todas las que imaginaron mundos mientras se les prohibía hacerlo y las que firmaron sus historias como anónimo.

Más que una historia de fantasía, Soy Frankelda es una carta de amor al arte, al cine y a la escritura como acto de rebeldía. Porque crear, en un mundo que te dice que no puedes, siempre será el acto más poderoso.

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