Guillermo del Toro no filma un monstruo: filma una herida. En Frankenstein, su película más íntima y esperada, el horror no nace de la criatura sino del abandono. La creación, en manos del director tapatío, es un acto de ternura rota, un reflejo de la soledad humana que busca amor entre los escombros del rechazo. La criatura —interpretada por Jacob Elordi con una sensibilidad que desarma— no representa el mal, sino la pureza incomprendida. Su mirada contiene el temblor de quien desea abrazar el mundo, aunque el mundo sólo le devuelva miedo.

Del Toro ha hablado de esta adaptación desde 2007, cuando expresó su deseo de hacer una “tragedia miltoniana” de Frankenstein. Para 2008 ya había bocetos de su universo, y en 2009 dijo que el proyecto tardaría años en concretarse. Casi una década y media después, Netflix resucita la visión del cineasta, tras sus exitosas colaboraciones en Pinocho (2022) y El gabinete de las curiosidades (2022). Hoy, su sueño se cumple con un elenco poderoso encabezado por Oscar Isaac como Victor Frankenstein, el científico suizo que desafía los límites de la creación, y Jacob Elordi, quien encarna al ser que nace de cadáveres y es arrojado al mundo con el peso del dolor y la inocencia.

Del Toro convierte el laboratorio en un útero luminoso donde nace el sufrimiento y la pregunta eterna: ¿qué significa existir cuando nadie te desea vivo?
“Fuiste traído al mundo por personas a las que no les importas, y eres lanzado al dolor, el sufrimiento, lágrimas y hambre”, dice la criatura —una frase que atraviesa la película como una plegaria rota.

Cada cuadro de Frankenstein respira arte. La luz, la textura y el silencio construyen un universo visual donde lo monstruoso es bello y lo bello, trágico. El horror aquí no busca sobresaltar, sino conmover. Del Toro transforma la pesadilla de Shelley en un poema visual sobre la creación, el rechazo y el deseo de ser amado.

Frankenstein no es una historia de terror, es una historia de compasión. Una carta a los que nunca encajan. Un recordatorio de que la verdadera monstruosidad no está en la carne cosida, sino en los ojos que se niegan a mirar con ternura.
Guillermo del Toro cumple su sueño: filmar al Frankenstein más humano de todos los tiempos.

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