Anoche en Casa Musa vimos RANYOU: El abuso, la más reciente obra de Hernán Galindo, dirigida por Luis Franco y protagonizada por Claudia Marín e Isaac Areizaga. Un thriller escénico que, más que responder preguntas, incomoda, sacude y nos obliga a mirar de frente la delgada línea entre la ayuda y la dependencia, entre la compasión y el poder.

La trama inicia con la doctora Yvon, una mujer movida por la empatía que busca transformar la vida de una niña con labio leporino. A través de su clínica y en alianza con un equipo de futbol, organiza una campaña de salud para brindar oportunidades a los niños con esa condición. En un crucero conoce a Fidel, padre de la pequeña Caridad, quienes sobreviven pidiendo limosna. Lo que en un principio parece un gesto altruista —ayuda para comida, alojamiento y estudios médicos— pronto se convierte en una relación desgastante, donde la gratitud se diluye y la sospecha contamina todo.

El texto de Galindo explora un territorio turbio: ¿hasta qué punto la ayuda es genuina y cuándo empieza a sentirse como imposición? ¿Cuándo el beneficiario se vuelve victimario, incapaz de aceptar que alguien actúe sin interés oculto? Fidel percibe la ayuda como manipulación mediática, como si la doctora se sirviera de Caridad para obtener reconocimiento. La tensión escala hasta una confrontación siniestra en la que ambos personajes se acusan mutuamente de abuso, revelando la fragilidad de los vínculos nacidos del desequilibrio de poder.

La puesta en escena es sobria y efectiva: con apenas un cubo de madera y una silla, el espacio se transforma en la clínica de Yvon o en la calle donde sobreviven Fidel y Caridad. Esa sencillez escenográfica intensifica el peso del texto y la interpretación.

En el escenario, Claudia Marín ofrece una actuación magistral. Su Yvon es intensa, contenida cuando debe serlo, pero capaz de alcanzar momentos de catarsis desgarradora. Marín confirma por qué es una de las actrices más potentes de nuestra ciudad: interpreta a una mujer resiliente, marcada por sus propios duelos, que busca en el acto de ayudar un modo de sanar.

Por su parte, Isaac Areizaga construye un Fidel complejo, atrapado en su papel de víctima, incapaz de reconocer la bondad desinteresada. Su tránsito entre sumisión y furia despierta repudio y tensión en el público, logrando que su personaje se sienta tan real como incómodo.

Además de la reflexión sobre el abuso, la obra introduce un tema crucial en nuestra época: la cultura de la cancelación. Falsas declaraciones contra Yvon en los medios ponen en jaque su reputación y su vida, cuestionando hasta qué punto un rumor puede destruir una trayectoria. ¿Nos detenemos a discernir antes de creer lo que circula en redes y prensa?

RANYOU: El abuso no es un retrato amable, pero sí uno necesario. Hernán Galindo nos recuerda que el abuso adopta múltiples formas, y que a veces se disfraza de ayuda o de buena intención. Con dirección precisa de Luis Franco y actuaciones intensas, esta obra siembra preguntas incómodas y nos confronta con nuestros propios prejuicios.

Una pieza imprescindible en la cartelera de Casa Musa, para quienes buscan un teatro que no teme incomodar, que se adentra en la oscuridad para obligarnos a reflexionar.

Ranyou: El abuso, se presenta los jueves en Casa Musa AC a las 8:30pm una vez iniciada la función no se permite el acceso a sala.

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