Crítica: Autos, mota y rocanrol

Un caos épico que revive el día en que el rock mexicano se volvió ingobernable

En septiembre de 1971, el Festival de Rock y Ruedas de Avándaro marcó un antes y un después en la historia del país. Lo que se anunció como una simple carrera de autos con música se convirtió en la primera gran congregación juvenil de México, un Woodstock a la mexicana que desató paranoia en el gobierno y condenó al rock a la clandestinidad durante décadas. Medio siglo más tarde, J.M. Cravioto retoma ese caos fundacional con un giro inesperado: el humor.

Autos, mota y rocanrol no es un documental histórico ni un drama solemne. Es un falso documental delirante que mezcla entrevistas inventadas, material de archivo real y recreaciones disparatadas. Gracias a la Filmoteca de la UNAM, las imágenes grabadas en 8 y 16 mm conviven con la ficción, generando una textura visual fascinante: entre el registro y la parodia. Lo que vemos no es una reconstrucción fiel, sino un retrato desbordado, tan inestable como el propio festival.

La película sigue a Justino y el Negro (Alejandro Speitzer y Emiliano Zurita), dos organizadores improvisados que pierden el control de su propio evento. Lo que empieza como un plan de negocios termina en avalancha de jóvenes, guitarras a todo volumen, marihuana, represión policíaca y un desconcierto monumental. En ese sentido, la película se acerca al espíritu de This Is Spinal Tap, pero en vez de reírse del ego de los músicos, pone en la mira al sistema entero: empresarios ingenuos, medios amarillistas y un Estado temeroso del rock.

Cravioto entiende que Avándaro no necesita mitificación. Su apuesta es mostrarlo como lo fue para quienes lo vivieron: un desmadre épico. La comedia es la herramienta perfecta para ello, porque desmonta cualquier pretensión de grandeza y deja al descubierto lo más humano del caos.

Visualmente, la cinta brilla. El vestuario, la ambientación y la música recrean con energía cruda el México setentero, sin edulcorar ni embellecer. No es postal nostálgica: es inmersión en el lodo, el ruido y la confusión.

Ver Autos, mota y rocanrol en su premier fue una experiencia gozosa: me divertí, me reí y me sumergí en un caos que, al final, es puro rock and roll. Porque si algo demuestra esta comedia disfrazada de crónica, es que la contracultura no se planea: estalla. Y aunque el Estado haya intentado apagarla, la música —como el humor— sigue siendo resistencia.

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