Robótica sentimental, Andrea Patrone construye un experimento escénico donde dos androides, KMA y ABG, son enviados a un observatorio para ser evaluados. Lo que comienza como un proceso científico se transforma, casi sin que el público lo note, en un viaje emocional inesperado: un romance entre máquinas que desnuda, con ironía y ternura, los temores y deseos más humanos.
Uno de los grandes aciertos de la puesta es que Roger Abanto y Becka Mora sostienen la actuación de principio a fin. En un universo distópico donde dos androides son aislados para ser analizados, ambos intérpretes encuentran un código preciso, limpio, contenido, que evita caer en la imitación grotesca de la robótica. Son androides, sí, pero androides con un brillo interno que se va encendiendo poco a poco.
El texto propone dos modelos distintos:
- Becka, un androide descontinuado con una falla emocional… o quizá un milagro. Una IA que, por error o por destino, recibió la capacidad de sentir.
- Abanto, un androide que finge una falla para obtener data del que sí la tiene.
En esta habitación de laboratorio, los vemos descubrir el deseo, el enojo, la ternura. Tienen sexo entre cables y algoritmos, entre protocolos y glitches. Se conocen, se reconocen y, en ese reconocimiento, aparece el cortocircuito central de la obra: si las máquinas aprenden a amar mientras la especie humana se deshumaniza… ¿a quién le pertenece entonces el concepto de “humanidad”?

La propuesta estética es minimalista, pero eficaz: Todo genera con pocos elementos la sensación de estar observando una pieza viva dentro de un laboratorio.
En cuanto al ritmo, la obra apuesta por una temporalidad pausada, que simula los procesos de carga y aprendizaje de los propios androides. Esta lentitud no es un defecto sino una elección: obliga al espectador a detenerse, a respirar, a entrar en la lógica de un mundo donde sentir es un descubrimiento y no un instinto.
Robótica sentimental funciona mejor cuando se entrega de lleno a su dimensión íntima: dos criaturas sintéticas que descubren el amor como si fuera una ecuación imposible. Y ahí es donde la dirección de Patrone se vuelve luminosa y contundente: al recordarnos que, incluso en un futuro dominado por máquinas, la humanidad seguirá siendo un gesto, una caricia, un fallo hermoso del sistema.
El alma nace del algoritmo.
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