Este fin de semana, el Espacio Cultural El Nejayote se convirtió en el templo de una tragedia ancestral. En el patio de una casona del Barrio Antiguo, la compañía dirigida por Juan Pablo Cibrián reavivó con intensidad ritual la llama de Medea, el mito eterno escrito por Eurípides y que sigue latiendo desde su estreno en el año 431 a. C.
Lejos de los escenarios convencionales, este montaje eligió lo íntimo, lo cercano, lo orgánico. Bajo la luz tenue del Nejayote y con los espectadores a pocos pasos del drama, la puesta en escena permitió ver arder, sin filtros, la locura de las pasiones humanas: traición, ambición, poder, deseo, venganza.
La dirección de Cibrián apuesta por lo contenido. Nada es exagerado. No hay gritos innecesarios. El cuerpo, la respiración, la mirada y la presencia son los instrumentos que tallan la tragedia. Menos es más en esta versión que honra tanto a los griegos como al cine de Pasolini.
Annie Sánchez, como Medea, encarna con fiereza y dolor a una mujer migrante, madre, hechicera, traicionada y peligrosa. Su amor, feroz y desmedido, sería hoy calificado como tóxico nivel Chernóbil. Al ser despojada de todo por Jason —interpretado con contención y hondura por Albar Ramírez—, Medea solo encuentra redención en la venganza, aún cuando esa venganza la consuma por dentro.
Sandra Hernández, como Glauce, y Bruno Espinosa, desde el performance corporal, dan vida a un destino trágico que se manifiesta en gestos, danzas y silencios. Yerika Zambrano, como la nana encarna la dulzura de una mujer que ama como propios los hijos de su señora, y Edgar Duño, se desdobla en dos personajes como los reyes Creonte y Egeo, aportan matices que equilibran el poder simbólico de la puesta.
La obra no solo atraviesa, sino que deja herida. Herida que hace reflexionar. Herida que recuerda que, como humanos, seguimos hechos del mismo barro que los griegos: pasiones, juramentos rotos, migraciones forzadas, patriarcados sofocantes y dolores que, cuando no encuentran consuelo, buscan venganza.
Tras la función, la producción ofreció una bebida (de sabor misteriosamente tamarindo) y un bocadillo mientras el elenco conversaba con el público. Ahí se celebró la claridad en la dicción, la fuerza del texto, y sobre todo, la intimidad poderosa del montaje. También se compartió una reflexión dura pero honesta: tras cinco años y doce montajes, la compañía aún no ha encontrado espacio en los teatros institucionales de la ciudad. Aun así, desde un patio cualquiera, con libertad creativa y pasión desbordada, el teatro independiente sigue latiendo.
Medea no ha dicho su última palabra. Se espera una próxima función en mayo. Estén atentas. Vayan a verla. Que no se les escape este ritual de belleza oscura y verdad cruda.
Porque en el amor y en el teatro, a veces el fuego más intenso no viene del escenario, sino del alma.


