Lynne Ramsay regresa con una película que no se mira: se atraviesa. Mátate, amor es una inmersión visceral en la mente fracturada de Grace, una joven madre perdida entre el bosque, la depresión posparto y una lucidez que duele más que la locura. Pero nada de esto existiría con tal fuerza sin Jennifer Lawrence, quien entrega aquí la interpretación más peligrosa, física y expansiva de su carrera.
La trama es mínima: Grace y Jackson (un Robert Pattinson contenido, magnético como un animal nocturno) buscan una vida artística y tranquila lejos del mundo. Un bebé, la soledad, el silencio. Y luego el colapso. Pero Ramsay no filma una caída: filma un estallido. Desde el primer cuadro, Grace es un elemento natural —fuego, tierra, furia y ternura a la vez—, una mujer que no está “perdiendo la cabeza”, sino expandiendo los bordes de su percepción hasta que el bosque entero parece respirar con ella.
Lawrence compone un cuerpo contradictorio: maternal y salvaje, luminoso y amenazante. Arranca papel tapiz como quien arranca piel; se mete al refrigerador para sentir algo; mira al bebé con un amor tan feroz que da miedo. Su actuación tiene la crudeza de Winter’s Bone, el desborde de mother! y algo nuevo: un peligro hermoso, un magnetismo animal.
Pattinson funciona como contrapunto perfecto: contenido, quebrado por dentro, un hombre que ama lo incomprensible de su esposa y no sabe sobrevivir a ello. Sissy Spacek, como la suegra, suma un eco inquietante: otra mujer a punto de salirse del mapa de la realidad.
Ramsay dirige como si cada plano fuera un incendio. El tiempo se tuerce, los días parecen sueños, los sueños parecen advertencias. Hay ecos de Polanski, de Repulsión, de los cuentos donde el bosque nunca es solo paisaje. Pero el lenguaje es plenamente suyo: una cámara que huele, respira y se descompone con su protagonista.
No es una película tibia ni amable. Es cine que divide. Cine que te exige un precio emocional. Cine que, cuando termina, te deja con la sensación de haber salido del agua helada, temblando pero viva.
Eso —justo eso— es lo que uno espera de una película que se atreve a mirar de frente la maternidad, el deseo, la mente en guerra consigo misma.
Mátate, amor no es la historia de una mujer que enloquece.
Es la historia de una mujer que arde.
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