Texto: Marisa Garza

Imágenes: Pregoneromty

Hay obras que te cuentan una historia. Otras, como Matar a Donald, te lanzan sin piedad a una pesadilla donde la nostalgia infantil es devorada por la sequía, la sed y el olvido. Escrita y dirigida por Vidal Medina, esta pieza teatral es una provocación distópica que toma como escenario un parque de diversiones muerto —pero reconocible— y lo convierte en un altar para la desesperanza.

La historia es simple solo en apariencia: dos mercenarios recorren un desierto postapocalíptico en busca de agua, de refugio, de algo que parezca humano. Pedroza, interpretado con energía abrasiva por Andúl Zambrano, es un exmilitar endurecido por la vida y las pérdidas. Lo acompaña Rony, un hombre aparentemente frágil, interpretado con ternura inquietante por Tobías Rangel, cuya adicción a la Coca-Cola lo convierte en un esclavo más de ese sistema de consumo total. Rony no fue gestado en un vientre humano: nació en una granja de probetas, donde la humanidad ya no nace: se fabrica.

La distopía se revela brutal: no queda agua, solo Coca-Cola. Y con ella, la pérdida de identidad, de memoria y de sentido. La promesa de un refugio los lleva a las ruinas de un parque de Disney, donde androides como Donald, Mickey o Tribilín ya no hacen reír: ahora secuestran, torturan y desechan a los humanos que caen en sus trampas. La violencia de estos encuentros resuena como eco de un pasado comercial que devoró al planeta.

Aquí no hay viaje del héroe, sino descenso a una desolación compartida. Pedroza y Rony, aunque vienen de mundos distintos —uno del vientre, otro del tubo—, están igual de perdidos. El primero no confía en la palabra «familia» porque la suya le falló. El segundo no conoce la palabra “madre”, pero anhela una caricia. El lazo entre ellos es frágil, pero humano, y se convierte en el corazón roto de la obra.

La puesta en escena es sucia, árida, decadente. El futuro que propone Medina no es lejano, es el espejo oscuro de nuestras decisiones presentes. Los aciertos de la obra son muchos: el diseño sonoro, con música en vivo de “Future Desolator” integrada por Alejandro de Jesús Reyes Ortega y Mirtha Denisse Lara Reséndez, no solo ambienta, sino que se convierte en un personaje más. La partitura respira con los actores, los acompaña, los empuja al abismo.

Y dentro de este entramado, una joya inesperada: el actor Tobías Rangel estrenó en escena el tema Petróleo Dulce, parte de un proyecto musical que verá la luz completa en octubre. Al preguntarle si la canción fue escrita para la obra, nos dijo:

“No. Yo tengo ese proyecto desde hace rato y ahora solo falta grabar los videos. En el proceso de Matar a Donald la compartí y funcionó perfecto por el tema de la adicción al refresco.”
La canción resuena como un eco melancólico que amplifica la sed emocional del personaje, conectando el dolor de Rony con el deseo más profundo de ser visto y amado.

Uno de los desafíos de la obra está en el contraste de tonos: los androides, interpretados por Leslie Carol, Joaquina De La Cruz, Arturo Loera y el propio Vidal Medina, se mueven en registros distintos a los de los humanos. Esta disonancia, aunque intencional, por momentos desbalancea el ritmo. Sin embargo, lo que podría parecer un tropiezo, también puede leerse como una grieta estética que nos recuerda que ya nada encaja. Ni en ese mundo, ni en el nuestro.

Pero no todo en el universo Medina es perfecto.
Lo más desafortunado de la noche: un epílogo que rompe el hechizo.
Un cierre didáctico que debió integrarse a la acción.

Matar a Donald no es una crítica política disfrazada de teatro. Es un grito disfrazado de ficción. Es una alerta, un poema distorsionado sobre lo que queda cuando el amor se evapora, cuando el agua se vende, cuando la humanidad se terceriza.

No es una obra para sentirte bien.
Es una obra para sentir.

Próxima función: Miércoles 25 de junio, 8PM
DramáticoMx, Morelos 1081 Ote., Barrio Antiguo, Monterrey
Boletos en taquilla y en línea

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