
Hay películas que envejecen; y hay otras que parecen adelantarse décadas a las conversaciones actuales. Laudate Pueri de Víctor Saca pertenece inquietantemente al segundo grupo. Filmada en 1982, la obra funciona casi como una pieza clínica didáctica y poética sobre aquello que durante generaciones se llamó “histeria femenina”: mujeres atrapadas en estados de inmovilidad emocional, silencios prolongados y existencias suspendidas dentro de estructuras familiares profundamente opresivas.
La cinta recrea una atmósfera provinciana sofocante en el norte del país (basada en Terán, Nuevo León lugar de origen del director) donde el abandono paterno deja a todos los personajes orbitando alrededor de una ausencia imposible de nombrar.
Más que un drama doméstico, la película parece un estudio sobre el trauma transmitido a través del clima emocional de una casa. Lo más perturbador es la manera en que la película retrata la cultura de la época: mujeres obligadas a existir dentro de una especie de estado cuasi catatónico, atrapadas entre las expectativas de género, la represión emocional y la imposibilidad de construir una identidad propia fuera del sacrificio.
En medio de ello, «Felipito», el niño protagonista encuentra vínculos afectivos más genuinos en figuras periféricas —empleadas domésticas, maestros, presencias orbitantes— que en su propio núcleo familiar. La dirección evita caer en sentimentalismos fáciles y apuesta por silencios largos, encuadres rígidos y una sensación constante de asfixia emocional que vuelve la experiencia profundamente inmersiva, dónde la violencia es influctida por la apatía y la negligencia severas y no el maltrato. Con actuaciones y descripciones precisas de DSM-III, es cine que observa, incomoda y deja espacio para pensar.

Existe además algo particularmente valioso en redescubrir una obra como ésta en un contexto contemporáneo. Laudate Pueri no circula con facilidad ni forma parte del imaginario popular del cine mexicano reciente, y precisamente por eso su rescate se siente tan importante.
La presencia de Luisa Huertas añade todavía más peso a una película que parece dialogar entre el cine de autor, la memoria histórica y la psicología clínica. No sorprende que el trabajo de Víctor Saca haya terminado por atraer atención crítica importante: pocas películas mexicanas logran capturar con tanta precisión la violencia emocional silenciosa de ciertas estructuras familiares tradicionales.
Y en lo personal el hecho que sea basada en historias de Terán, Nuevo León lo encuentro peculiarmente entrañable ya que la familia de mi prometido es de ese municipio, ¿Coincidencia?
Si a alguien le interesa podemos buscar a los distribuidores.
Bye bye Lovets.
