El diablo fuma: (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja)
(2025, México, 97min)
Director: Ernesto Martínez Bucio
Ernesto Martínez Bucio ha creado una obra que trasciende lo narrativo y se instala en lo sensorial. El diablo fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja), ganadora del premio GWFF a la Mejor Primera Película en la Berlinale, es un drama poético que se siente como un recuerdo febril, una fábula infantil tejida con miedo, fe y deseo.
En su ópera prima, Martínez Bucio nos sumerge en un universo donde la realidad y la fantasía se desdibujan, donde el abandono se vuelve rutina y el miedo un juego de supervivencia. El diablo fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja) no es solo una película sobre niños abandonados: es una fábula oscura que explora la fragilidad de la infancia cuando la única guía adulta es una mente desmoronándose.

La historia sigue a cinco hermanos que, tras el abandono de su madre y la huida de su padre, quedan al cuidado de su abuela esquizofrénica. Ella, convencida de que el Diablo acecha su hogar, sella puertas y ventanas, creando un microcosmos donde la paranoia y la inocencia conviven peligrosamente y en la que los niños luchan contra la amenaza de ser separados por el DIF y buscan conjurar su mayor deseo: El regreso de sus padres. Con una fotografía inquietante de Odei Zabaleta, la película oscila entre el hiperrealismo y la alucinación, recordándonos que los miedos infantiles no siempre son irracionales.
Martínez Bucio no cae en los convencionalismos del drama social: en lugar de exponer la crudeza del abandono infantil con frialdad documental, opta por una estética onírica que evoca la nostalgia de los años 90, con imágenes de archivo, referencias a la cultura pop y un uso del sonido que amplifica lo invisible. Como en el cine de Carlos Reygadas o Apichatpong Weerasethakul, lo que no vemos es tan importante como lo que está en pantalla. Aquí, la inocencia es un escudo, pero también una trampa. La secuencia en la que, para pedir un deseo, queman en una fogata sus objetos más preciados con la esperanza de que sus padres regresen, es un desgarrador recordatorio de la fe ciega que los niños depositan en los adultos, incluso cuando estos los han abandonado.
El diablo fuma… confirma a Martínez Bucio como una de las voces más arriesgadas del nuevo cine mexicano. No es una película fácil ni complaciente, pero sí una obra que, como sus protagonistas, se aferra a la memoria, al deseo y al horror latente en las sombras de la niñez. Esperemos que tras su recorrido en festivales, encuentre su camino a las salas, donde su fuerza visual y emocional impactará a quienes se atrevan a adentrarse en su universo.
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