Crítica de cine: Better Man

(2024, Reino Unido 131min)

Director: Michael Grayce

Michael Gracey, el director detrás de The Greatest Showman, regresa con Better Man, una biopic que desafía las convenciones del género al abordar la vida de Robbie Williams desde una perspectiva tan ambiciosa como inesperada. Más que un recuento cronológico de su carrera, la película es un ejercicio de introspección visualmente audaz, en el que el artista es representado como un mono CGI—a manera de metáfora de su sensación de ser un espectáculo ambulante, un “mono de circo” atrapado en la necesidad constante de entretener y ser querido.

El cine biográfico musical tiende a ensalzar a sus protagonistas, pero Better Man evita caer en la idolatría o el melodrama tradicional. Aquí, Williams no es retratado como un genio incomprendido ni como un revolucionario de la música, sino como un hombre movido por el deseo puro de ser famoso. No hay justificaciones elevadas para su arte, solo una honestidad brutal sobre la sed de éxito y las inseguridades que lo han acompañado desde su adolescencia en Take That hasta su ascenso como solista.

Gracey fusiona la narración convencional con secuencias musicales estilizadas y coreografías deslumbrantes, fiel a su estilo en The Greatest Showman. Sin embargo, lo más arriesgado es la apuesta visual: ver a Robbie Williams como un mono digital puede resultar desconcertante al inicio, pero pronto se convierte en una de las decisiones más conmovedoras de la película. A través de este recurso, la cinta logra transmitir la lucha interna del artista con una eficacia que trasciende el maquillaje prostético o la imitación actoral típica del género.

Jonno Davies, quien interpreta a Williams, captura con carisma su arrogancia, su vulnerabilidad y su eterna sensación de no encajar. El CGI, lejos de ser un simple truco, potencia la narrativa al reflejar la autoimagen distorsionada del cantante. A pesar del glamour de los escenarios y la euforia de los conciertos, el protagonista se sigue viendo a sí mismo como una criatura inadaptada, incapaz de encontrar su lugar fuera de los reflectores.

Aun con su audacia visual, la película no logra escapar por completo de los clichés del género. La espiral de Williams en el abuso de drogas y sus problemas con la fidelidad son tratados de manera convencional, sin aportar una perspectiva novedosa. Sin embargo, lo que la redime es su tono: en lugar de victimizar a su protagonista, la película celebra su resiliencia y su capacidad para reinventarse.

Las secuencias musicales son, sin duda, el alma de Better Man. Gracey convierte los éxitos de Williams en espectáculos cinematográficos de gran escala, desde un número de baile vibrante con Rock DJ hasta una emotiva interpretación de Angels. Estas escenas encapsulan lo mejor de la película: un enfoque estilizado y emocionalmente sincero que convierte la historia de Williams en una experiencia sensorial inolvidable.

En conclusión, Better Man es un biopic atípico, tan excéntrico como su protagonista. Al despojarse del misticismo en torno al arte y enfocarse en la necesidad humana de ser visto y amado, la película logra algo inusual en este tipo de relatos: nos recuerda que, detrás de cada estrella, hay una persona buscando un sentido más allá del aplauso.

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