Hay películas que no buscan agradar ni consolar al espectador. Buscan incomodar. Si pudiera te patearía es una de ellas: un drama intenso que pone de manifiesto la carga emocional y física que implica ser el único cuidador de un paciente las 24 horas del día.

La protagonista es una terapeuta que vive completamente absorbida por el cuidado de su hija enferma. La niña —a quien nunca vemos el rostro durante toda la cinta— está conectada a una máquina que la alimenta mediante una sonda directamente al estómago. La madre permanece pegada a ella día y noche, sin descanso posible.

A su alrededor, el mundo se desmorona lentamente. Su marido existe apenas como una voz distante en llamadas telefónicas cargadas de reproches. El departamento donde viven sufre un daño estructural: el techo se rompe y queda un agujero abierto. Madre e hija terminan mudándose a un pequeño hotel, donde la vida parece volverse cada día más difícil.

No hay alivio ni tregua. Ni siquiera la terapia que la protagonista toma parece ayudarla. Lo que la película construye no es un mapa narrativo tradicional, sino algo más cercano a un viacrucis cotidiano: el de maternar sin red de apoyo, sola frente a la enfermedad, la casa, el trabajo y el peso de sostenerlo todo.

El sueño también le es arrebatado. Cada noche, a las tres de la mañana, debe despertar para conectar a su hija a la máquina que la mantiene con vida. La privación del descanso se convierte en otra forma de desgaste. Rota por dentro, intenta seguir ayudando a sus propios pacientes mientras su propia estabilidad emocional se fractura.

La primera mitad de la película se construye como un bucle asfixiante y repetitivo. La rutina opresiva de la protagonista termina por transmitir físicamente su agotamiento al espectador. Hay momentos en los que literalmente se siente que falta el aire.

Más que ofrecer respuestas, la película abre preguntas incómodas: ¿está criticando el rol desgastante de la maternidad? ¿Está desmontando su idealización? Aquí la maternidad aparece como trabajo constante, sacrificio permanente y reconocimiento escaso. Solo se vuelve visible cuando algo falla.

También pone en evidencia otra paradoja inquietante: incluso para quienes trabajan en el ámbito de la salud mental, el cuidado emocional puede convertirse en un lujo inaccesible.

Muchas mujeres podrán reconocerse en esa dinámica de autoexplotación silenciosa, en esa sensación de sostener todo mientras el propio cuerpo y la mente comienzan a colapsar.

Al final, la película parece hablar de todo eso al mismo tiempo: de una mujer que se derrumba mentalmente mientras su casa literalmente se desmorona. Ese agujero en el techo funciona como una metáfora evidente de su propia existencia.

Si pudiera te patearía es una gran película, aunque no necesariamente fácil de ver. Es dura, incómoda y emocionalmente exigente. Pero justamente por eso resulta necesaria de comentar. Porque pone en pantalla una realidad que muchas veces permanece invisible: el peso silencioso de cuidar a otros mientras una misma empieza a quebrarse.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *