Por: Isaac González
Omphalos de Damien Jalet es una fuerte experiencia inmersiva donde el movimiento y la narrativa se mezclan dentro de una atmósfera en la que el tiempo parece transcurrir distinto al de la vida cotidiana.
Gracias al diseño sonoro y a la música que la acompañan, la obra nos obliga primero, como espectadores, a descender hacia una mirada más contemplativa de las cosas y del movimiento, permitiéndonos sentir sin necesidad de palabras o explicaciones. Poco a poco dejamos de buscar una historia concreta y comenzamos simplemente a observar los cuerpos, sus ritmos, sus repeticiones y la manera en que se relacionan con el espacio.

El diseño de vestuario refuerza esta sensación: por momentos los cuerpos parecen dejar de ser individuos para convertirse en figuras, criaturas o extensiones de un mismo organismo. Las telas, las siluetas y la manera en que reaccionan al movimiento transforman constantemente la presencia de los bailarines, acercándolos a algo ancestral y casi mitológico.
Desde ahí, la adaptación del mito griego del omphalos funciona menos como una narración literal y más como el eje simbólico de la obra. Los cuerpos parecen atraídos hacia ese centro, encontrándose, separándose y orbitándolo, como si buscaran constantemente un punto de origen, equilibrio o conexión.
Hay algo primitivo, ritual y profundamente humano en Omphalos: una sensación de estar presenciando algo que sucede fuera de nuestro tiempo, pero que al mismo tiempo habla de nosotros. Una experiencia que no necesariamente busca ser entendida, sino atravesada.


