La Muerte de un Viajante (1949, Estados Unidos)

Dirección: Cristian Magaloni

Con Juan Manuel Bernal, Claudia Marin, Gonzalo de Esesarte, Miguel Tercero, Gilberto Dávalos, Emilio Schoning, Alfonso Olguín, Nastassia, Miguel René, Giovanna Duffour y Antonia Suillerot.

Después de la tercera llamada, se abre el telón y los faros de un Chevy nos alumbran directamente. El impacto de la luz nos deja un poco lampareados y, durante esos primeros segundos, cerramos los ojos casi de manera involuntaria. Ese shock visual es una manera extraordinaria de Cristian Magaloni de decirnos: ahora vas a mirar distinto.

La Muerte de un Viajante, estrenada originalmente en 1949, es una de las grandes obras de Arthur Miller y una pieza fundamental del teatro norteamericano. Ganadora del Premio Pulitzer y de los premios Tony, sigue teniendo una vigencia que resulta incluso incómoda, porque detrás de la historia de Willy Loman hay preguntas que seguimos haciéndonos: ¿qué significa tener éxito?, ¿cuánto vale una persona cuando deja de producir?, ¿qué pasa cuando confundimos el amor con la necesidad de demostrar que hemos triunfado?

La narrativa se mueve entre recuerdos, presente, fantasías y alucinaciones. Los tiempos se mezclan y, casi sin aviso, estamos entrando y saliendo de aquello que sucede en la realidad y de aquello que sucede dentro de la cabeza de Willy. Es como si estuviéramos dentro de su mente.

Sentimos su confusión, su nostalgia, sus arrepentimientos, sus recuerdos que aparecen deformados por el tiempo y esa necesidad desesperada de volver a momentos que ya no existen. El pasado y el presente conviven en el mismo espacio, porque así funciona muchas veces nuestra memoria: no como una línea recta, sino como un territorio al que regresamos una y otra vez, incluso cuando sabemos que ya no podemos cambiar lo que ocurrió. Y en medio de ese laberinto está Juan Manuel Bernal.

Los que asistimos pudimos presenciar una interpretación de una humanidad desgarradora. Bernal encarna a Willy Loman desde un lugar profundamente humano, sin convertirlo solamente en un hombre derrotado. Hay en él ternura, orgullo, desesperación, desorientación y una fragilidad que va apareciendo poco a poco, hasta que entendemos que estamos viendo a un hombre que ya no encuentra la salida de su propio laberinto.

Su Willy se mueve entre la lucidez y el extravío. A ratos parece tener muy claro quién es y qué necesita; en otros momentos se pierde dentro de sus propios pensamientos. Ese vaivén captura de manera estremecedora el colapso interno del personaje. Es una de esas interpretaciones que, cuando termina, te dejan en silencio.

Porque no estamos solamente viendo a un vendedor viajante llegar al final de su vida. Estamos viendo a un hombre enfrentarse contra todos los pasos que ha caminado, con las decisiones que tomó, con lo que quiso ser y con aquello que nunca consiguió aceptar de sí mismo. Y ahí tenemos una de las grandes preguntas de la obra: ¿qué hacemos con todo aquello que no pudimos ser?

El trabajo del resto del elenco sostiene con mucha solidez este universo. Claudia Marín, Gonzalo de Esesarte, Miguel Tercero, Gilberto Dávalos, Emilio Schoning, Alfonso Olguín, Nastassia, Miguel René, Giovanna Duffour y Antonia Suillerot construyen un reparto equilibrado, donde cada intérprete respira el mismo pulso de la puesta y entiende el tono que propone Magaloni.

Eso permite que la obra se sienta orgánica, sin desbalances, incluso cuando transitamos entre diferentes tiempos y estados de conciencia. Y ese equilibrio termina reforzando la dirección, porque todo parece formar parte de un mismo universo mental.

La escenografía, la iluminación y los elementos que aparecen en escena no están ahí solamente para ambientar. Potencian las atmósferas y nos ayudan a entrar en ese espacio donde realidad y memoria se confunden. El resultado es una experiencia de inmersión que hace que el espectador no solamente observe el desmoronamiento de Willy, sino que lo acompañe.

Porque aunque no seamos vendedores viajantes, aunque nuestras circunstancias sean distintas, todos tenemos lugares dentro de nuestra propia mente a los que regresamos. Decisiones que seguimos cuestionando. Personas a las que quisiéramos volver a hablarles. Cosas que necesitamos perdonarnos. Historias que seguimos cargando aunque ya hayan terminado. Por eso La Muerte de un Viajante sigue resonando más de 80 años después de su estreno.

Arthur Miller escribió sobre el llamado Sueño Americano, sobre el éxito, el dinero, el estatus y esa idea peligrosa de que nuestro valor puede medirse por lo que conseguimos. Pero la pregunta sigue aquí, intacta: ¿qué ocurre cuando pasamos toda una vida intentando demostrar que somos alguien y olvidamos mirar a las personas que nos aman?

Y hay una sentencia que atraviesa toda la obra y que hoy sigue siendo tan necesaria como cuando Miller la escribió:

Ningún ser humano vale más muerto que vivo.

Ninguno.

La Muerte de un Viajante es una dirección sensible y precisa, actuaciones contundentes y una puesta que utiliza sus recursos escénicos para llevarnos a un lugar muy íntimo: la mente de un hombre que se ha perdido dentro de sí mismo.

Y tal vez por eso salimos del teatro pensando en Willy, pero también en nosotros, en nuestros propios laberintos y en aquello que todavía necesitamos soltar.

Hoy, domingo 4 de octubre, a las 17:00 horas, se presenta la última función en la Gran Sala del Teatro de la Ciudad de Monterrey.

Una puesta que forma parte de la celebración de los primeros diez años de La Gran Audiencia y que, gracias a CONARTE y a la Secretaría de Cultura de Monterrey, llega para recordarnos por qué necesitamos que el teatro siga existiendo: porque hay historias que no vienen a darnos respuestas, sino a hacernos las preguntas que quizá llevábamos demasiado tiempo evitando. Una de ellas podría ser ¿Y qué necesitamos perdonarnos para poder dejar ir?

Queridos Lovets, todavía están a tiempo de entrar al laberinto de Willy Loman.

En LOVET no cubrimos cultura… la provocamos.

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