La Empleada (2025, Estados Unidos, 131min) Director: Paul Feig.
La empleada entra al territorio del thriller doméstico con una premisa tan seductora como conocida: la promesa del sueño americano convertida en una trampa impecablemente decorada. Una casa perfecta, una familia perfecta y una mujer que llega desde los márgenes para ocupar el lugar que falta. Lo inquietante no está afuera, sino justo ahí, en el corazón del hogar.
Millie (Sydney Sweeney) es una joven que carga con un pasado que nunca termina de explicarse del todo. Sin dinero, sin redes y sin opciones, acepta trabajar como empleada doméstica (de quedada) para los Winchester, una familia que parece salida de una postal publicitaria: Andrew (Brandon Sklenar), el marido exitoso y amable; Nina (Amanda Seyfried), tan encantadora como impredecible; y una hija que completa la fantasía de perfección suburbana. La mansión, aislada y luminosa, funciona como escenario y advertencia: algo ahí no está bien, aunque todo luzca en orden.

La película construye sus tensiones en los pliegues de la rutina. Miradas incómodas, silencios prolongados y una sensualidad que se filtra como veneno lento convierten la relación entre Millie y Nina en el verdadero eje del relato. El peligro no irrumpe de golpe; se desliza, seduce y se disfraza de cotidianidad.
Como thriller, La empleada avanza por caminos previsibles. Sus misterios no se sostienen demasiado tiempo y los giros que propone pueden adivinarse antes de que el guion decida revelarlos. El suspenso nunca termina de asfixiar y la amenaza se vuelve más estética que visceral.
Pero la firma de Paul Feig reconfigura la experiencia. Su presencia permite leer la película desde otro lugar: uno donde el exceso no es un error sino una elección. El tono se vuelve deliberadamente telenovelesco, con una conciencia clara de su artificio, elige el exceso como estética que abraza el melodrama sin culpa. Todo es un poco más grande, más explícito, más sucio de lo necesario… y eso cambia las reglas del juego.
El cierre termina de confirmar esa apuesta.
La empleada no quiere ser un buen thriller: quiere ser un placer culpable. Una fantasía doméstica que erotiza la desigualdad, exagera el peligro y convierte el derrumbe del sueño americano en un espectáculo elegante y viscoso a la vez. Cuando abandona cualquier aspiración de sutileza y se entrega por completo al artificio, deja claro que su interés no está en incomodar con profundidad, sino en seducir con descaro. No es fina, no es compleja y tampoco pretende serlo; pero en su desfachatez hay algo perversamente honesto. Y quizá ahí radique su gesto más provocador: recordarnos que, a veces, el cine prefiere excitar antes que pensar… y aun así consigue que no apartemos la mirada.

Disfrútala en Cinépolis.
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