En El Gran Makhaira, el director regiomontano Mauricio de la Maza-Benignos y la guionista y codirectora Sofía Díaz Garza utilizan el universo del circo como una metáfora para hablar de algo mucho más profundo: las dinámicas del poder, las decisiones que transforman una sociedad y las consecuencias de vivir bajo una ilusión construida por otros.
La película nace de una inquietud personal de De la Maza-Benignos: su amor por los animales y la reflexión sobre las decisiones humanas alrededor de ellos. Sin embargo, el circo no aparece únicamente como un escenario, sino como el vehículo narrativo para explorar cómo funciona el poder, quién lo ejerce realmente y cómo opera desde lugares invisibles.

“El Gran Makhaira es un arquetipo de las decisiones políticas”, explica De la Maza-Benignos. “No estamos intentando darle una lección a nadie; solamente estamos exhibiendo cómo funcionan las dinámicas del poder”.
En el centro de la historia se encuentra Makhaira, un lanzador de cuchillos que funciona como un antihéroe: un hombre autodestructivo, atrapado en su propia percepción de grandeza, convencido de ser alguien que nunca falla.
Pero la película plantea una pregunta más compleja: ¿realmente Makhaira tiene el poder?
Aunque él es el rostro visible de la historia, el verdadero protagonista es el poder mismo. Y ese poder tiene un nombre: Romina, la coprotagonista. Un personaje que opera desde la sombra, que construye una realidad donde Makhaira puede seguir creyendo que es el hombre que nunca falla. Romina representa esa forma de poder silencioso que no necesita estar al frente para controlar el destino de los demás.
La película no busca juzgar a sus personajes; los observa. Explora las consecuencias de las relaciones donde la manipulación, la necesidad de reconocimiento y la ilusión de control terminan creando una tragedia.
El pez se olvida del agua
Pero también hay una reflexión filosófica que atraviesa toda la película y que encuentra una de sus principales arquitectas en Sofía Díaz Garza. Junto a Mauricio de la Maza-Benignos, construyó una historia que no se limita a narrar una tragedia personal, sino que cuestiona los mecanismos invisibles que moldean nuestra percepción de la realidad.
Para Díaz Garza, los personajes de El Gran Makhaira habitan una prisión construida por relatos que ellos mismos han aceptado como verdaderos. No son únicamente víctimas de otros; también son víctimas de las historias que se cuentan sobre sí mismos. Desde esa perspectiva, la película explora la fragilidad de la identidad y la facilidad con la que los seres humanos confunden la representación con la verdad.
Una de las ideas que atraviesa el filme: “El pez se olvida del agua”. La observación apunta a una paradoja profundamente humana: aquello que nos rodea de manera permanente termina volviéndose invisible. Los personajes viven inmersos en estructuras de poder que ya no perciben. Habitan el sistema como el pez habita el agua: sin cuestionarlo, sin verlo y sin advertir que condiciona cada uno de sus movimientos.
La frase funciona como una llave de lectura para toda la película. Makhaira cree controlar su destino, pero quizá nunca ha sido consciente del entorno que determina sus decisiones. Romina comprende mejor las reglas del juego, pero también está atrapada dentro de ellas. Ambos personajes se mueven en una realidad cuyos límites rara vez cuestionan.
La película dialoga también con una célebre observación de Albert Camus: “No nombrar las cosas por su nombre sólo aumenta la desdicha en el mundo”. En El Gran Makhaira, muchos personajes sobreviven gracias a ficciones cuidadosamente preservadas. La manipulación no se nombra como manipulación; la dependencia emocional no se reconoce como dependencia; el poder no se presenta como poder. La tragedia surge precisamente de esa incapacidad para llamar a las cosas por su nombre. Mientras la verdad permanece oculta, la herida continúa creciendo.
Lo que Sofía Díaz Garza propone desde el guion es que las palabras no son solamente herramientas para describir la realidad: también son herramientas para ocultarla. Cuando un personaje deja de nombrar aquello que lo domina, pierde la posibilidad de enfrentarlo. El silencio se convierte entonces en una forma de sometimiento.

El circo como metáfora
El reto de El Gran Makhaira no era contar una historia sobre artistas circenses extraordinarios ni hacer una reflexión literal sobre los animales en los circos. El desafío era utilizar ese mundo como una representación de una sociedad donde cada persona interpreta un papel.
El circo aparece como un microcosmos del poder. Hay quienes observan, quienes obedecen, quienes entretienen y quienes toman decisiones. Cada personaje ocupa una posición dentro de una estructura que parece natural, aunque en realidad ha sido construida.
Los actos del circo forman parte de la narrativa, incluso aquellos momentos donde lo absurdo convive con lo doloroso. Las bailarinas ejecutan sus números con profesionalismo y dignidad, aun dentro de un contexto que puede resultar incómodo o contradictorio.
La película encuentra belleza en esos contrastes: lo ridículo y lo trágico, lo real y lo imaginario, la dignidad y la decadencia.
Una tragedia noir en los límites de la realidad
Mauricio de la Maza-Benignos construye la película desde la estructura de una tragedia noir, pero permite que dentro de ella convivan diferentes géneros y atmósferas. Hay momentos donde la historia parece entrar en el territorio del sueño y el delirio. La percepción del espectador comienza a cuestionarse: ¿estamos viendo la realidad o la mente fragmentada de un hombre consumido por sus propias obsesiones?
En ese sentido, la película parece acercarse a otra de las ideas que inspiraron a sus creadores, una frase de Emil Cioran: “La carne se rebela contra la geometría”. La geometría representa el orden, las estructuras, las jerarquías y los discursos con los que intentamos organizar el mundo. La carne representa el deseo, el instinto, la vulnerabilidad y el caos. Toda la tragedia de Makhaira nace precisamente de esa tensión.
El personaje intenta imponer una narrativa coherente sobre sí mismo, una imagen de perfección y control, mientras su propia naturaleza se empeña en desmontarla. El cuerpo, las emociones y los impulsos terminan desafiando cualquier arquitectura de poder.
Desde la mirada de Díaz Garza, la tragedia no ocurre porque los personajes sean malvados o porque el destino los castigue. Ocurre porque son humanos. Porque la experiencia humana siempre termina desbordando las estructuras que intentan contenerla. Porque tarde o temprano la carne se rebela.
Los escenarios, filmados en espacios sórdidos y subterráneos, casi como una antesala del inframundo, buscan capturar la esencia de lugares que todavía existen: centros nocturnos donde la vida ocurre al margen, donde una canción puede costar veinte pesos y donde conviven personajes que parecen pertenecer a otra dimensión.
Para lograr esa autenticidad, el director recurrió a una mirada cercana al documental. Muchos de los extras que aparecen en la película son verdaderos habitantes de esos espacios.
Durante el rodaje, algunos se mostraban tímidos ante la cámara. La solución fue sencilla: invitarlos a participar de manera natural. El equipo pagó las cervezas y los bailes, dejó correr la cámara y poco a poco las personas dejaron de percibirla. El resultado fue capturar momentos de una espontaneidad difícil de construir artificialmente.
La influencia cinematográfica
Visualmente, El Gran Makhaira dialoga con un cine de atmósferas densas y contemplativas. Mauricio de la Maza-Benignos reconoce influencias de directores como Andrei Tarkovsky, Stanley Kubrick y Alejandro Jodorowsky, creadores interesados en explorar la condición humana más allá de la narrativa convencional. Pero también existe una influencia literaria y filosófica que atraviesa el proyecto. La película no se limita a preguntarse quién tiene el poder. Se pregunta cómo aprendemos a obedecerlo, por qué dejamos de verlo y qué ocurre cuando finalmente somos capaces de nombrarlo.

La película no busca un ritmo comercial tradicional; busca sumergir al espectador en un universo donde la lógica del poder se revela poco a poco. Porque detrás del circo, del personaje y de la tragedia, la pregunta permanece:
¿Cuánto de nuestra realidad está determinada por quienes vemos al frente y cuánto por aquellos que operan desde las sombras?
El Gran Makhaira no habla solamente de un hombre que lanza cuchillos, habla de un sistema donde alguien más decide dónde caerán. Y de nuestra tendencia a olvidar el agua en la que nadamos, a negarnos a nombrar aquello que nos gobierna y a descubrir, demasiado tarde, que la carne siempre termina rebelándose contra la geometría.
El Gran Makhaira se exhibirá en Elite Cinemas del 27 al 30 de agosto de 2026
Invitamos al público a dar todo el apoyo al cine independiente y a descubrir una historia creada desde Nuevo León.


Mr gustaría ver la película; ¿Cuándo llegará, dónde la veremos acá en Tijuana?