La apuesta de Cinépolis en su Sala Junior se convierte en algo más que entretenimiento: una experiencia que forma espectadores desde pequeños.

Bem, el lémur, dirigida por Leopoldo Aguilar, llega a salas este 30 de abril con una propuesta que sorprende por su sensibilidad. A primera vista, es una animación en 2D entrañable; en el fondo, es una historia sobre la amistad, la inclusión y la salud mental, que también se atreve a rozar temas sensibles como el tráfico de fauna y el esoterismo, pero lo hace con una contención notable. Lejos de explotar el conflicto, encuentra un equilibrio en la calidez, anclándose en la experiencia de la infancia contemporánea: el aislamiento, los miedos y esa forma de habitar el mundo a través de la comunidad virtual. En ese contraste, la historia no solo denuncia, también acompaña.

A ello se suma un grupo de amigos entrañable —entre ellos, una niña en silla de ruedas e Irene, con agorafobia— que introduce la inclusión de manera orgánica, sin subrayados ni discursos forzados, dejando que la diversidad exista con naturalidad dentro del relato.

La historia sigue a Bem, un pequeño lémur arrancado de su hábitat por traficantes y llevado hasta un mercado en la Ciudad de México. En su huida, encuentra a Irene, una niña huérfana que vive encerrada por sus miedos: padece agorafobia y alergias que la mantienen aislada del mundo exterior.

A través de esta relación, la película construye un relato sobre el miedo, la empatía y la posibilidad de sanar acompañados. Y en ese camino, también deja guiños para quienes crecieron con la animación mexicana: momentos que evocan otras historias y que conectan generaciones.

Con las voces de Zôe Ivanna Mora, Idzi Dutkiewickz y Mateo Mendoza, entre otros, la cinta logra sostener un tono íntimo que refuerza su mensaje principal:
la infancia merece historias que respeten su inteligencia emocional.

En un panorama donde buena parte del cine infantil opta por la simplificación y el subrayado didáctico, Bem, un lémur en fuga, apuesta por una narrativa más matizada: no resuelve; no adoctrina, sugiere. Crea tensión sin renunciar a la empatía, permitiendo que la experiencia emocional del espectador —infantil y adulto— se construya sin concesiones. La película encuentra su mayor acierto en un cierre que evita la complacencia y apuesta por una emoción más honesta: la de los vínculos que transforman, aunque no permanezcan.

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